Half Breed - Capítulo VIII

Es una historia "original" de mi Abus; pero este capítulo lo escribí yo, y es lo mejor que escribí en mucho tiempo.



Laura abrió los ojos y aún así no vio nada. Tomó una bocanada de aire que vino cargada de humedad. Sentía en la cabeza un dolor punzante y constante; como si alguien estuviera pinchándola con varias agujas a la vez. Tenía el cuerpo entumecido, y no sentía el piso debajo de sus pies. En el ambiente reinaba un olor nauseabundo, como a carne podrida de hacía varios días.
Con los recuerdos aún un poco nublados, Laura recordaba que había salido en busca de Simon. No tenía idea de cuántas horas, o tal vez días habían pasado desde entonces.
Intentó moverse; tocó el suelo con los dedos del pie, y notó que le faltaba el zapato derecho. Atentó a mover una mano para frotar su pie, y fue entonces cuando se dio cuenta que tenía las manos inmovilizadas. Movió apenas las muñecas y un dolor insoportable se apoderó de ella.
Quiso gritar, pero la sequedad en su boca se lo impidió. Sintió cómo sus cuerdas vocales se negaban a soltar el grito de agonía y en vez, la obligaron a toser haciéndola sentir como si pasaran una lija por su garganta.
Sus ojos comenzaban a acomodarse a la oscuridad del ambiente, y pudo divisar las paredes rocosas y el suelo de tierra. Se encontraba en una especie de cueva, y entonces lo recordó: había sido atrapada por el Wendigo.
Movió un poco más las muñecas, a pesar del dolor, en un intento de averiguar cómo estaba atada y con qué. Ahora que sus ojos se habían acostumbrado a la oscuridad, podía ver que el techo no se encontraba tan lejos de ella. Sintió el calor de un hilo de sangre recorriendo su brazo; probablemente proveniente de una lastimadura en su muñeca.
Era cuerda, no sería tan difícil zafarse, pero estaba realmente cansada, el dolor era insoportable y los brazos casi no le respondían.
El Wendigo se hallaba cerca, pero no a la vista: lo sentía. Su presencia dominante hizo que su corazón acelerara su ritmo. Sin embargo, no podía localizar a Simon. No podía encontrar sus pensamientos ni su presencia; no tenía la suficiente energía para eso.
¿Dónde se habrán metido Sam y Dean? Espero no les haya pasado nada a ellos. Sam ya me encontró una vez, debe encontrarme de nuevo.- pensó, con la desesperación creciendo en ella.
Pero era demasiado tarde; en el fondo sabía que había pasado demasiado tiempo desde que el Wendigo la atrapara. Sabía que estaba perdida; que Simon estaba perdido también. Tenía que buscar la forma de zafarse de las sogas que la mantenían inmóvil, para poder buscar a Simon y largarse de allí lo más rápido que pudiera. Antes que el Wendigo estuviera a la vista.
Comenzó a mover frenéticamente las muñecas, profundizando las heridas. El dolor era insoportable, pero su deseo de vivir y salvar a Simon era más fuerte. El hilo de sangre ya llegaba a su hombro cuando sintió que la atadura de su mano izquierda comenzaba a flaquear. Pudo deslizar su mano a través del hueco, y ni bien tuvo su mano libre se apresuró a desatar la otra.
Cuando al fin pudo soltar su mano derecha, cayó al suelo con un ruido seco. Sus piernas no pudieron sostenerla. Cayó con el rostro contra la tierra; estaba mojada y fría. Escupió lo poco que se coló en su boca y se incorporó apoyándose en sus doloridas manos. Los brazos le temblaron en queja, pero reunió fuerzas y se puso de pie con los músculos de las piernas ardiéndole.
Echó una mirada a su alrededor, en busca de Simon. Las heridas proporcionadas anteriormente por el Wendigo comenzaban a hacerse notar; porque pese a que sanaba rápido, eran bastante profundas.
Dio un paso hacia delante, decidida, pero su pie descalzo pisó algo más que tierra. Se agachó y lo tomó con una mano temblorosa, se lo acercó mucho al rostro en un intento de ver qué era; sus manos le decían que era un encendedor: y estaban en lo cierto. Giró la piedra, y una chispa saltó del mismo. Volvió a girarla un par de veces hasta que una pequeña llama comenzó a brotar del encendedor.
Comenzó a caminar, ahora con más confianza, buscando un camino.
Estaba en una mina, de eso no tenía dudas, pero antes de buscar la salida, tenía que encontrar a Simon para poder llevarlo a un lugar seguro.
Las piernas cedían a cada paso que daba, estaban muy lastimadas, y eso hacía que le costara caminar. Cada paso era una excusa nueva para dejarse morir. Pero no podía. No podía, debía encontrar a Simon.
Sintió un dolor punzante en el abdomen e instintivamente se alumbró con el encendedor. Tenía toda la ropa rasgada por las garras del Wendigo. Y cada tajo correspondía un corte proporcionado por una garra.
Una lágrima se escapó de su ojo derecho. La secó con el dorso de la mano y siguió su camino, entrando a cada pequeña habitación que encontraba. Cada una de ellas estaba llena de cadáveres a medio pudrir, huesos, ropas, en algunas incluso había personas atadas como lo había estado ella, que habían muerto.
Llegó a una recámara, bastante alejada de dónde había estado ella. Se adentró y miró a su alrededor. Había varias personas atadas, algunos ya putrefactos. Divisó a Simon, bien al fondo.
Se acercó sigilosamente, estirando el brazo que portaba el encendedor hasta que comenzó a temblarle de dolor; para iluminar lo más lejos posible. Una vez estuvo cerca de Simon vio que el hombre tenía la cabeza hacia abajo, como desmayado. Se acercó más a él y le levantó la cabeza acercando el mechero para ver mejor. Simon tenía los ojos cerrados, y el rostro cubierto en sangre.
-¡Simon despierta! ¡Vamos! – susurró apenas, Laura.
Pero el hombre ni se inmutó.
-¿Simon? – inquirió nuevamente.
Nada. Acercó el mechero al cuerpo para ver si estaba muy malherido.
Un grito se escapó de su boca, esta vez tan fuerte como hubiese querido gritar tiempo atrás.
El pecho de Simon estaba totalmente abierto por la mitad. Las costillas sobresalían, algunas rotas, y otras enteras. Tenía el esternón completamente destrozado, y las vísceras se escurrían fuera de su caja torácica como una cascada. La tierra estaba embebida en sangre.
Se alejó instintivamente del cuerpo destrozado. Trastabilló y cayó aterrizando en el suelo con el trasero. Al caer, la mano que sostenía el encendedor golpeó contra el piso, haciendo que el encendedor volara lejos de ella, y se apagara.
Laura se levantó tan rápidamente como sus piernas le permitieron y atentó a salir corriendo de aquella escena, totalmente aterrada. Acercándose hacia la arcada de esa recámara, Laura sintió al Wendigo acercándose. Esta vez demasiado cerca: estaba exactamente allí donde ella.
Pensando rápidamente, con las piernas temblándole por el miedo, decidió volver a buscar el encendedor, recordando que a los Wendigos no les gustaba el fuego. Sus ojos estaban acostumbrados a la oscuridad, pero no lo suficiente como para ver claramente. Para cuando divisó lo que había quedado del cuerpo de Simon, ya se encontraba encima de él. Resbaló con sus restos y volvió a caer al suelo.
Sentía al Wendigo a sólo unos metros. Podía escuchar su respiración y sus pasos sigilosos, depredadores.
Ella se arrastró por el piso en busca del encendedor, y lo encontró a unos pocos centímetros de donde había caído. Intentó prenderlo con un miedo frenético. Las manos le sudaban y por más que girara y girara la piedrita, lo único que el encendedor lograba era una chispa.
El Wendigo le olfateó el cuello, haciendo que se le parara el corazón. El monstruo le pasó las garras por la carne ya destrozada de su espalda. Laura volteó y lo empujó, haciéndolo trastabillar y caer. Se arrastró, e intentó incorporarse para escapar, pero el Wendigo la tomó por el tobillo haciéndola caer de bruces.
Una vez más el encendedor se escapó de sus manos. Lo vio brillar a sólo unos cuantos centímetros, pero el Wendigo aún tenía tomada su pierna. Estiró el brazo lo más que pudo, estaba sólo a unos milímetros de la maldita cosa.
El Wendigo clavó sus garras en la otra pierna, metiéndolas bien profundo en su muslo. El ruido de la sangre brotando fuera de su pierna, inundó la habitación. Laura se impulsó con la otra pierna, y logró alcanzar el encendedor, haciendo que las garras del Wendigo, que aún seguían en su pierna, rompieran por completo su pierna hasta su pantorrilla.
Laura volteó e intentó una vez más darle llama al encendedor, con éxito. La pequeña llama iluminó lo que alguna vez fue el rostro de un hombre, haciendo que el Wendigo se echara hacia atrás con un quejido. Laura se incorporó un poco con la mano que tenía libre, pero al hacerlo, la pequeña llama bailó con el movimiento y el Wendigo le manoteó el encendedor. Volvió a tirarla a ella al suelo, y clavó sus garras en su pecho.
Laura se quedó a ciegas y lo último que vio fue el rostro de aquel hombre, vuelto salvaje, que acabó con su vida.

xo-

*End Of Transmission*

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